Soufflé de queso




Me gustan las cosas esponjosas: 
Las mantas calentitas que son suaves como peluches.
Los cojines que rellenan huecos.
Las almohadas que acogen sueños.
Las nubes que mantienen la presión.
Los abrazos con el poder del olvido.
Las palabras que forman frases redondas.
Las miradas que vienen con mariposas.
Las caricias relajantes.
Los cielos de algodón.
Los susurros en la oscuridad.

Dentro de esta lista, podrían estar también los soufflés… Quizá penséis que son menos emotivos, pero os aseguro que no.
Preparar un soufflé es una secuencia de actos esponjosos. Lo importante es disponer del tiempo, hacerlo con cariño, tener paciencia.
Ideal si lo preparar un mediodía con música ambiente, sin distracciones, una copa de vino y (de vital importancia), no tener que hacerle fotos. Después, tan solo hay que saborearlo y dejar que su esponjosidad se deshaga en tu boca llenándola se sabor y matices. 

El soufflé es tan delicado que desde el momento que sale del horno, empieza su decadencia. Quizá esta fragilidad sea el motivo que lo hace tan especial, ¿no creéis?

Podéis ver la receta en el Magazine de Primavera, en la pág. 22.

Disfrutad del fin de semana!

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